25 abr. 2014

Charlie Haden, Grándola vila morena

Charlie Haden, Carla Bley, Don Cherry, Sharon Freeman, Mick Goodrick, Jack Jeffers, Michael Mantler, Paul Motian, Jim Pepper, Dewey Redman, Steve Slagle, Gary Valente



24 abr. 2014

Esa desagradable música contemporánea.

La música clásica es un cementerio. Tocar una obra de un músico vivo es algo sorprendente en ese ámbito. EL MUNDO titula un artículo: Peter Eötvös instruye y dirige a la 'vanguardia' en Madrid. ¡Por fin! ¡Música viva! Leemos el artículo y comprobamos los autores que va a interpretar este director húngaro, uno de los más preocupados en actualizar el canon clásico: Luciano Berio, tristemente desaparecido en 2003. Los demás son  Stravinski  (1882-1971), Schoenberg (1874-1951) y Hindemith (1895-1963). Claro que también hay una obra del propio Eötvös (1944). En definitiva: un grupo de jóvenes rebeldes que vienen a cambiar los términos musicales que tan bien había definido la Primera Escuela de Viena.

Todos estos músicos, no obstante, estrenaron sus obras en vida y alcanzaron un importante éxito que les fue reconocido por sus coetáneos. ¿Cuándo se acabó ese entendimiento de la música con sus autores vivos? Pues en el caso de los aquí mencionados, Stravinski, Schoenberg y Hindemith, fue Adolf Hitler quien, a través de su Ministro de Cultura y Propaganda, Joseph Goebbels, los tildó de Entartete Kunst, (arte degenerado), como lo habían sido los pintores Marc Chagall, Kandinsky, Paul Klee, Edvard Munch y muchos otros. Una raza superior hacía un arte superior (Bach, Beethoven, Mozart), las razas degeneradas, (el judío Schoenberg, el eslavo Stravinski y el traidor Hindemith, símbolo musical de la República de Weimer, y, por supuesto, los músicos negros de jazz), hacían arte degenerado. Ese es el origen de la mentalidad que considera a la música de vanguardia como música mala y desagradable.

¿Por qué se la considera mala y desagradable? Por dos razones: por ignorancia y porque no responde a unos valores determinados. En cuanto a lo primero no hay nada que decir. Nadie que afirme que la música contemporánea es mala (per se) ha leído, por ejemplo, “La música contemporánea a partir de 1945” de Ulrich Dibelius o los propios escritos de Schoenberg, quien antes de cargarse toda la teoría clásica sobre la armonía la estudió y la divulgó en libros memorables como su “Armonía”, (Harmonielehre). ¿Existe una coincidencia entre las teorías de Goebbels y el pensamiento anti-vanguardia? Bueno, una gran parte de las personas que consideran mala la música de Hindemith, consideran malas las músicas populares africanas, árabes o el gamelán balinés. ¿Entonces, cabe pensar que quien considera buena la música de la Primera Escuela de Viena y mala la de la Segunda, defiende unos valores que están anclados en el tránsito entre los siglos XVIII y XIX? Pues no lo sé. Deberíamos preguntarnos qué sentimos cuando escuchamos la música de Mozart. Personalmente escucho un equilibrio, un  sentimiento de que todo está en su justa medida, estable, sereno. Precisamente eso quiere decir la palabra armonía. Todo ello es ameno, es placentero, nos gusta, a cualquiera le satisface. Pero podíamos llevar esta apreciación más lejos y concluir que cuanto más sencilla es la música, más se disfruta, porque no nos exige nada. Recordemos esa escena magnífica de Billy Wilder en “La tentación vive arriba”, (ya lo he comentado), en la que Tom Ewell quiere conquistar a una magnífica Marilyn Monroe con la música para piano de Rachmaninov, pero ella se emociona con una sencilla (y algo estúpida) música infantil: “me pone la carne de gallina”, dice Marilyn. ¿Qué se le puede pedir a la música? Todo. Allá cada cual. Pero, podría pensarse que pedirle a la música sólo equilibrio y ese sentimiento de que todo está en su justa medida, estable, sereno, tal vez sea poco y además mentira. La música de Mozart era una música para agradar porque aún estaba dirigida al entretenimiento de la nobleza austríaca, como la de Haydn: un criado de los Esterházy. En el fondo de esos sentimientos hay uno muy traidor: la nostalgia. La nostalgia es un sentimiento traicionero porque pretende renunciar a nuestra felicidad recordando la felicidad pasada, y eso es absurdo se mire como se mire. Volviendo a los nazis, recordemos que hicieron un uso habitual de la nostalgia. Su pensamiento retrógrado y reaccionario se basaba en traer a la memoria de los alemanes los tiempos pasados, aquellos tiempos en que aún vivían en el campo y vestían como bávaros (o sajones antiguos). Los nazis contraponían al mundo moderno, con todos sus conflictos, el mundo antiguo de la Alemania de siempre, sin judíos, sin comunistas. Una raza pura de campesinos rubios. Prometían un mundo sin conflicto y eso fue lo que trajeron: el mayor conflicto jamás conocido. Así que después de la II Guerra Mundial nadie quiso seguir por ese camino. Nadie, salvo los abonados a las grandes orquestas de Europa y EE.UU. que siguieron con su pretensión de disfrutar de la nostalgia de esas sensaciones de equilibrio y orden que resultan tan agradables.

Algunos aficionados dicen que la música les gusta porque les relaja. Se les podría contestar: no te relajes que puede volver el fascismo.


11 abr. 2014

Brad Mehldau, Mark Guiliana, Dhafer Youssef.



Músicos de jazz que no hacen jazz. Músicas del mundo. Me gustan estos intérpretes y creadores que no permiten que se les clasifique en ningún grupo conocido. Empecé escuchando a Brad Mehldau que es uno de los pianistas de jazz que más me gustan últimamente. Con Mehldau escuché una grabación de Mark Guiliana a la batería en un magnífico disco que han sacado recientemente. Luego viendo cosas de Guiliana, un batería excepcional, encontré a Dhafer Youssef. Dhafer es un músico de Túnez que une la música sufí de su país con la occidental, un intérprete de laud haciendo jazz, un cantante sufí que canta como Bobby McFerrin. Inclasificable.  


4 abr. 2014

Música sacra.


3 abr. 2014

Ornette Coleman.

Es posible que la mayoría de los aficionados al jazz hayamos sido injustos con el trabajo de Ornette Coleman. Así, cuando se presentó en el festival de jazz de San Sebastián en 1983 con su banda Prime Time en la que aparecía Don Cherry, el hijo de Coleman, Denardo, tocando la batería y un grupo de músicos jóvenes que más parecían delincuentes callejeros que otra cosa, y que contaba con dos bajos, dos baterías y dos guitarras, y al empezar a tocar con un sonido que rompía los tímpanos por el volumen que salía de los altavoces y las estridencias agudas de Coleman en el saxo, al momento, la gran mayoría del público, que había escuchado anteriormente creo que a un Stan Getz terminal en uno de sus últimos conciertos, se levantó y se fue en busca de una cerveza. Fue una huida cobarde, de gente temerosa de perder los tímpanos intentando seguir la música del saxofonista tejano. Después de aquello compré el disco que hizo con Pat Metheny y me pareció que era un buen disco y además mostraba su versatilidad (y de paso la del guitarrista). Ornette Coleman es un músico que trabaja la música desde una perspectiva muy afroamericana. Todas las músicas, y el jazz de manera especial, están influenciadas por otras músicas próximas geográfica o temporalmente. En el caso de nuestro músico, creo que ha habido siempre una intención muy clara de trabajar con conceptos musicales ajenos a la tradición occidental, afirmando el carácter negro de su música, reivindicando sus raíces africanas y con la vista puesta en un público étnicamente afroamericano. Leroy Jones, de quien hablábamos hace poco aquí, tenía a Coleman como uno de sus músicos preferidos. Entendiendo las posturas del escritor de Blues People (Música negra en la américa blanca), creo que se puede entender mejor la música de Ornette Coleman. Una escucha atenta de sus interpretaciones nos puede deparar el descubrimiento de brillantes momentos de improvisación y constatar que, además de la libertad con que se mueve en ese terreno, su sistema musical está más sólidamente construido de lo que pudiera parecer en una primera audición. De hecho, cuanto más se le escucha más se disfruta de una música que tiene un sólido armazón armónico y una original forma de construir las frases melódicas, la de un músico fuertemente amarrado a la tradición pero siempre interesado en la renovación del lenguaje jazzístico. Por ello no es extraño que la nómina de sus colaboradores haya sido tan amplia y eficiente, con bajistas como Charlie Haden, Scott LaFaro o Jimmy Garrison, baterías como Billy Higgins o Ed Blackwell y trompetistas como el propio Don Cherry, además de las múltiples colaboraciones que ha venido realizando siempre con músicos de primera fila.