3 ago. 2017

Novena de Mahler. Gustavo Dudamel.

  Como quiera que en España, los medios de comunicación no hablan de otra cosa que de Venezuela, que abre todos los días los telediarios de prácticamente todas las cadenas, así como ocupa las portadas de prácticamente todos los periódicos patrios, nosotros nos sumamos a esta moda y vamos a hablar hoy, sí, de Venezuela.

   El sistema musical venezolano de conservatorios, ya había propuesto que los estudiantes de música procuraran trabajar su instrumento en agrupaciones musicales y orquestas de todo tipo, cuando en el año 1975 José Antonio Abreu crea la Fundación del Estado para el Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, conocido como “el Sistema”, y que cuenta en la actualidad con 500.000 jóvenes. José Antonio Abreu es un músico muy galardonado en su país, pero se licenció como economista en la Universidad Católica Andrés Bello y fue profesor de economía en varias universidades venezolanas. Entre 1989 y 1995 fue Ministro de la Cultura, Vicepresidente y Director del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC), en los gobiernos socialcristianos de Rafael Caldera.

   Según el maestro Abreu un aspecto fundamental a propiciar en el CNASPM es la integración artística: “a fin de que niños y jóvenes aprendan a interactuar en el seno de las artes a través de la danza, el teatro, la ópera, el canto, la fotografía y el video, como si fuera un crisol donde se encuentran y se funden todas las tendencias creativas, teniendo como hilo conductor la música”. El Sistema se dirige de manera especial a niños que tengan problemas tanto sociales, de marginación y dificultades de integración, “en circunstancias extremadamente empobrecidas del ambiente de abuso de drogas y el crimen en el que de otra manera ellos probablemente serían arrastrados”. [Arthur Lubow (28 de octubre de 2007). Conductor of the People. New York Times. Consultado el 2 de agosto de 2017]; como problemas de minusvalías de cualquier tipo.

   En 1978, el maestro Abreu crea la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, hoy una de las más importantes de América Latina. Todo este trabajo produce de manera natural sus frutos, el más conocido hoy es el director Gustavo Dudamel, una de las primeras batutas del mundo a sus 36 años, que fue director de la Orquesta Filarmónica de los Ángeles a la edad de 26 años, el mismo año en que dirigió La Filarmónica de Viena en el festival de Lucerna. Ha dirigido a las mejores orquestas del mundo y en la actualidad es titular, además de la Filarmónica de los Ángeles, de la Sinfónica de Gotemburgo y de la Sinfónica Simón Bolivar que él ha convertido en una de las principales, no sólo de América sino de todo el orbe.



Cómo esta apuesta por el arte musical no es cosa de un grupo de personas sino una obra nacional de todo el país, los cambios que se produjeron con la llegada al poder de la revolución bolivariana de Hugo Chávez no sólo no interrumpieron su desarrollo sino que lo potenciaron. Así, en el año 2009 se inauguró el Centro Nacional de Acción Social por la Música en la capital venezolana y en la actualidad el arquitecto Frank Ghery (Guggenheim de Bilbao) está realizando el proyecto para la construcción de otro centro en Barquisimeto, la ciudad venezolana de la música.
  ¿No lo sabías? Pues me extraña, todos los días hablan los medios españoles sobre Venezuela, algó habrán dicho de esto, ¿o no?

  Proponemos escuchar la Novena en la interpretación magnífica de Gustavo Dudamel con la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana “Simón Bolivar”. Aquí podemos escuchar la precisión con la que el director encara la sinfonía y la minuciosidad de la interpretación, así como la precisión de los intérpretes que dan como resultado el sonido claro y limpio que se precisa.  

  Hablando ya de la Novena Sinfonía de Mahler, diremos que es considerada por muchos como la mejor composición mahleriana, quizá junto a la Canción de la Tierra y la incompleta décima sinfonía, todas ellas obras representativas de su último periodo compositivo.

  Se inicia la obra con un Andante comodo, que muestra ya el carácter que ha de tener toda la sinfonía, dominada por el “pathos” trágico y la condición terminal que sólo en ocasiones consigue sobreponerse con cierta alegría remanente de poca duración.  

  El segundo movimiento está marcado como “Im tempo eines gemächlichen Ländlers. Etwas täppisch und sehr derb”, o lo que es lo mismo: En el tempo de los Ländlers pausados, un poco desmañado y muy bucólico. En el que vuelve a basarse en la música popular austriaca, en este caso en el Ländler. Tiene un aspecto superficial muy popular pero el tono del movimiento transmite la sensación de la vida que pasa, con alegrías y tristezas en medio de los trabajos cotidianos a los que da color. Como suele ser habitual en el autor, es una amalgama de temas, planos temáticos variados que se suceden sin solución de continuidad.

  El tercer movimiento: Rondo-Burleske: Allegro assai. Sehr trotzig, vuelve a llevar el supuesto tono del mismo, en este caso una especie de scherzo, hasta cotas en principio inimaginables. En mitad del tema, se anuncia una fanfarria que, enseguida, da paso a un momento más lírico, un trío, del que sale de nuevo volviendo al rondó inicial y acaba en un final rápido y enérgico.

  El cuarto movimiento es un Adagio, uno de esos magníficos adagios de Gustav Mahler. A los cuatro minutos la pieza queda suspendida con apenas un murmullo en las cuerdas que parece un final. Pero el discurso se recupera con unas frases en los clarinetes y luego las cuerdas que parecen decir “En las cumbres el día es hermoso”, una frase de un Lied de sus Kindertotenlieder que aparece en la partitura. Recordemos que por entonces había muerto su hija, había dimitido de la dirección de la Ópera de Viena, él estaba desahuciado por una dolencia cardíaca y sabía ya que su amada Alma había conocido al arquitecto Walter Gropius. Música romántica en 1912, cuando ya el romanticismo había desaparecido de la música y de la cultura europea. Pasada la mitad del tema, las cuerdas se elevan en una especie de coral apoteósica que termina en un susurro de violines y clarinetes. De la inmensa orquesta no nos llega más que ese susurro que pasa del violonchelo a los metales y de nuevo a los violines. La pieza no termina, se muere literalmente. 






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